Cuando somos chicos, queremos ser grandes, y ya de grandes nos parece dulce la vida de chicos. ¿Cuá es la diferencia, si siempre vivimos inconformes con lo que nos toca?. Vale dar una sonrisa a la vida y seguir caminando por el sendero hallado.
Cada vez que sucede algo, nos quejamos. Somos seres acostumbrados a las quejas. La peor parte de este asunto (y lo que, ciertamente, más miedo da), es el hecho que la culpa de todo, la tiene una persona equis. Cualquiera menos nosotros mismos. Como dice la Biblia, y sin pecar de terca: "Vemos la paja en el ojo ajeno y sin embargo no nos percatamos de la viga del ojo propio". Yo pienso que a veces estamos tan interesados en criticar cuestiones extrapersonales, que se nos olvida que nosotros somos seres humanos con debilidades, armas y defectos como todo el mundo; y que eso puedo jugarnos más en contra que a favor. Y todo esto, para decir que necesitamos ganarnos, nosotros mismos, nuestro paraíso.
Tampoco me refiero al hecho de mandarnos diez mil latigazos implorando perdón, no estamos en el siglo XVII. El punto es que muchas veces nos ahogamos en un vaso de agua, hacemos una tormenta de ello y nos embarcamos en medio de una tempestad. Sí. Así de arriesgados somos. En nosotros mismos está el ser felices o no ser felices. Evitar esa tormenta. Esa tempestad. Esa gota de agua final que obstruye el paso del aire por nuestras vías aéreas y termina ahogándonos. Matándonos.
A ver si aprendemos un poco, de la experiencia propia. Qué bien se sentía cuando me esforzaba con mis proyectos de ciencias en el colegio, amaneciéndome para mis trabajos de investigación, llenando el cuaderno de campo y madrugando en el intento de ser minuciosa, para terminar con un buen reconocimiento a mi esfuerzo. De mí dependía quedarme viendo televisión horas de horas sin nada que hacer, hablar por teléfono despreocupadamente mientras que el mundo (en ese entonces MI mundo eran mis compañeras de clase), se mataba por ganar el primer lugar en el dichoso concursito. Mi cansancio, mi sudor, mi trabajo... Todo eso obtuvo su, por así decirlo, "Paraíso". En realidad, yo misma sentí que estaba en el paraíso. Y lo siento así cada vez que alguien reconoce mi trabajo. Aunque por mi vasta autocrítica, soy muy mala en todo.
Ser parte de nuestro paraíso depende de nosotros. No construimos una casa para luego ir por la calle y darle las llaves a la primera persona que encontramos caminando. ¡Qué ofensa!. Pero tampoco la vamos a construir con paja, así como la historia de los tres cerditos (pues ya sabemos que si viene el lobo feroz, terminamos perdiendo). Nosotros somos parte de nuestro cambio. Del cambio que queremos, en parte, de forma egoísta, para nosotros y luego para los demás. Si verdaderamente queremos vivir un paraíso, pues trabajemos para hacerlo, para vivir en él. Y no vivir mirándolo desde afuera, con la ventana empañada.
Y una cosa es vivir nuestro paraíso y otra muy distinta es fingir que lo vivimos. Ejemplo. No estoy segura (estoy sólo especulando), pero a mi parecer, supongo que L. B. (La Bruja, de la que les hablé en un post anterior), era de las que fingía vivirlo. Hablaba de felicidad haciendo dietas, saliendo a fiestas hasta muy tarde y molestando a las demás sólo por la envidia que le causaba. Vivir, verdaderamente, nuestro paraíso, puedo ser de muchas formas. Yo lo hago mandando por un tubo, al menos unos minutos, mis libros de Patología y refugiándome en la escritura. Meditando con música. Sintiendo las voces de The Beatles entrar y salir por mi sistema auditivo, mientras cumplo la función de babear mi almohada. Ése es mi paraíso, y yo soy feliz así. E intento repetirlo en cuanto pueda, en cuanto lo necesito. Antes, mi paraíso era Boris, mi GATA hembra, sí, de la que hablé hace mucho. Ella era mi vida y mi paraíso; pero la vida tiene etapas, y supongo que la de ella ya está muy bien cerrada y sellada. Seguro debe de estar viviendo su propio paraíso a solas, o con sus hijos... Y es por eso que a veces, al irme a la cama, veo por la ventana sombras danzar a la luz de la luna. Mi paraíso con el de Boris se reconcilian en esos instantes, y caigo dormida.
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