20 julio 2011

Mi primera vez.

Aprendí, en mis respetables clases de Fisiología, que el ser humano no utiliza toda su masa encefálica. Por el contrario, sólo hace uso de un 10% de TODO su cerebro. Es por ello que somos imperfectos, olvidadizos, medio cavernícolas. ¡Tenemos un 90% de materia gris sin razón de ser!. Sólo cuando lleguemos a registrar recuerdos de nuestra etapa en el vientre materno, habremos alcanzado un respetable porcentaje de uso. En conclusión, sólo tenemos recuerdos desde nuestra primera experiencia más feliz o más traumática de nuestras vidas; o sea, haciendo cálculos, más o menos desde los tres años en adelante. 

La primera vez es siempre full nervios. Estrés. Llanto. Más nervios. Más lágrimas. Más drama. En fin, por lo general, la primera vez es un suceso traumático en nuestras vidas. Hay espanto. Espectativas. Hay de todo. Y, a decir verdad, también hay una primera vez para todo.

Habían conejos. Habían conejos, patos, puercos, mariposas... Habían muchos animalitos. El alto del jardín me llegaba hasta la cintura. Me abracé a la pierna de T. Él sonrió y me cargó en brazos. Tenía tres años, estaba entre sorprendida y feliz, y era la primera vez que visitaba un huerto. Creo que es mi primer recuerdo.

Estoy en clases. Tengo cinco años y estoy en clases. La primaria nunca me pareció tan divina. Me acerco a la miss. Ya había terminado todos los ejercicios que había dado. Hacer círculos, hacer cuadrados, hacer figuras geométricas... ¿¡Por qué eran cosas tan tontas!?. Todo eso era muy fácil. Me acerco, le muestro mi cuaderno y sonrío. Recibo un "Espera en tu asiento hasta que dé otros ejercicios para resolver, ¿puedes?". Bienvenida al colegio.

Estamos en clases de nuevo. Nos meteremos en la piscina. Yo entro y salgo de los camerinos. No puedo aguantar estas ansias. Llevo la toalla amarrada a la cintura, miro a la profesora de Educación Física y pienso que no me meteré a la piscina. Es muy grande y yo muy chica. Gracias, paso. Prefiero morir en tierra antes que en agua.

Me despierto en medio de la noche. Llaman a mi casa y yo mantengo los ojos abiertos. Los abro lo más que puedo, como si se trataran de oídos. Hago un gran esfuerzo por escuchar. Sólo logro sentir los pasos de mis papás saliendo de casa. Unas horas después, me dicen que T murió. ¿Murió?. Sí, murió. ¿Y qué hago, sonrío?. "Mohoso y podrido mundo..." 

Me dan un libro. Antes, me han leído muchos libros, pero nunca me han dado uno para mí sola. ¡Para mí!. Suspiro y tomo el gran libro entre mis manos. "Yo te curaré, dijo el pequeño oso". Lo leí una tarde, y lo terminé de leer una tarde también. Y lo seguí leyendo toda mi vida, hasta ahora. Mi primer libro. Creo que eso tuvo mucho, muchísimo que ver con la carrera que estudio.

Me subo en el estrado. Me escogieron para recitar un poema, representando a mi salón. Mi miss me echa porras, sabiendo que lo haré bien. Sí, lo haré bien. Lo estoy haciendo bien. Ya subo. Ya subí. Miro alrededor. TODO el colegio me mira. Esos han de ser unos 500 pares de ojos sobre mí. ¿O más?. No lo sé, no soy buena en matemáticas. Sólo sé que tengo un micrófono en la mano y mi corazón en la otra. Giro la cabeza y el profesor encargado ya había bajado del estrado. Me quedo sola. Por fortuna, las palabras comienzan a salir de mi boca: "Mi infancia que fue dulce, serena, triste y sola..."

Estoy en la universidad. Lloro. Lloro a mares. Lloro como si mi vida dependiera de cada lágrima que derramo. Lloro y lloro y no tengo cuándo parar. Tocan la puerta del baño. '¡Ocupado!'. - 'Sólo déjame entrar'. Abro la puerta y Fio se abalanza sobre mí. Me abraza y me acurruco en sus brazos, sin dejar de llorar. Cierra la puerta y nos sentamos en el suelo. Me alcanza papel mientras yo me seco las lágrimas, narrándole mis desdichas. Comienza a hablar cosas absurdas y contar chistes, hasta que mis ojos se deshinchan y mi nariz recobra su color natural. Al regresar a clases, nadie sabe nada. No saben que lloré, ni que me metí al baño con ella.

Hablamos. Nos excusamos. Alzamos la voz. No nos entendemos (¿por qué no nos entendemos?...¡Maldición!). Yo me voy a un lado y tú al otro. Me callo. Te callas. Suspiro, rodeo los ojos y simplemente no te quiero ver nunca más. No te odio, no acostumbro odiar a la gente. Simplemente... No quiero cruzarme en tu camino, ni que tú te cruces por el mío. Dos semanas después, llegamos la una donde la otra, pidiendo perdón y perdonándonos mutuamente. Abrazándonos, felices. Me parece que fue la primera pelea que tuvimos en nuestra larga amistad. 

Llego al baño. Entro. Giro y miro a un chico. No a cualquier chico, sino a ése chico. Está en el baño de chicas, conmigo. Lo miro y sonrío. Me mira y sonríe. Cierra la puerta. Nos sentamos en el suelo y hablamos. Creo que si pusiera un consultorio para recibir y dar terapias psicológicas, sería el baño del tercer piso del edificio H. No necesito hablar. No me gusta hablar. Él extiende sus brazos y yo lo abrazo también. Pasamos momentos difíciles, pero ya pasará. Yo le creo. Suspiro, respiro e intento no llorar. Me sonríe una vez más. Se acerca a la puerta. Es un baño para damas, no puedes salir tan campante, tonto. Yo salgo primero. Él sale después. Al igual que con Fio, nadie nos vio. Nadie sabe que nos encerramos en el baño de chicas, tú y yo. Nadie sabe que me abrazaste, me tomaste de la mano. Era mi primera vez enamorada en la universidad. Era mi primera vez enamorada en el baño de la universidad, de un chico tan loco y arriesgado que se mete al baño de chicas sólo para animarme... Sí. Ya no me gustaba. No lo quería... Estaba enamorada.

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