31 mayo 2011

En la esquina de siempre


Esta mañana, como otras tantas mañanas, me despierto. Me levanto de aquel catre compartido y roto, y camino rumbo a la calle. Llego hasta una avenida amplia de la capital, y me dispongo a sentarme en el jardín de la berma, mirando los autos ir y venir, escuchando sus bocinas tocar con insistencia una y otra vez. Juego un poco con mis pensamientos. Mi padre es chofer, y mi madre no es nada. Tengo una hermanita de dos años, y mi mamá se ocupa de cuidarla siempre. 

Ahora que lo pienso bien, no sé cómo hace. Ah, claro, es que se me olvidaba mencionarles que hace poco visitó a un hombre, ésos que visten un traje largo y blanco y al cual ella llama "doctor". Este señor le dijo que estaba muy enferma. Mis papás lloraron mucho aquel día, lo recuerdo. Aún no entiendo por qué. Yo pienso que si estuviera verdaderamente enferma, podría tomar pastillas. Tal vez ése doctor le dio algún jarabe, y tal vez el jarabe tenga un sabor horrible. Supongo que cosas así sí podrían hacer chillar a uno.

Mis pensamientos se aglutinan en mi cabeza, mientras el frío viento de la ciudad me revuelve el cabello. Hace varios días que no me baño. El semáforo enciende la luz roja y yo entro en acción. Recorro la esquina, los alrededores de los autos, limpiando las ventanas y vendiendo caramelos, y una que otra persona me da unas cuantas monedas. Una señora me mira con desdeño. Yo le sonrío cariñosamente y continúo limpiando el auto. Sonreír siempre es bueno. Nunca se sabe cuándo una persona necesitará de una sonrisa tuya, y cuánto puede ayudarla.

Me regreso a la berma y continúo mi conversación con Diana. Ella tiene doce años, y trabaja vendiendo caramelos, como yo. Nos turnamos en cada ronda de cambio de color. Hace mucho que nos conocemos. Diana tiene tres hermanos menores, y su papá y su mamá... Quién sabe. Un día estaban con ellos, y al otro ya no. Ahora le toca a ella. Corre similar suerte a la mía. Le doy una palmada en la espalda. Hoy falté al colegio, al igual que ella. Hablamos más. Ella me dice que no puedo hacer eso. "Te servirá después, Genaro", me señala. A mis siete años y medio (pronto cumpliré ocho), no me parece que eso de ir a clases me sirva más que vender caramelos y limpiar carros, porque al menos con esto último puedo conseguir un poco de dinero para mis papás.

El frío aumenta. Los postes de luz se encienden. Las horas van pasando y Diana se va. Yo me quedo un poco más, pero me voy al poco rato. Camino hacia mi hogar. Al entrar en él, me asombra lo que mis ojos ven: Mi padre llora, angustiado, a la vez que sostiene en brazos a mi hermanita. Me habla con voz ronca y a punto de estallar en llanto. "El cáncer se la llevó", me explica. Es lo último que puede decir. Yo lo miro, sólo lo miro. Aún no sé qué significa todo esto. ¿Ya no vendrá más mi mamá?. Pero, si el cáncer se la llevó, quizás podríamos hablar con él, para que la regrese con nosotros. Decirle que tiene hijos, y un esposo. 

Como siempre, no digo ni mú. Sólo lo miro sollozar, y espero. Espero que mi mamita llegue y lo consuele. Espero que el cáncer la regrese con nosotros. Espero saber algún día en dónde vive el cáncer, para poder convencerlo de traer de vuelta a mi mamá. Espero, y sólo espero.

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